En las últimas dos semanas he escrito un par de columnas respecto al sur político peruano y cómo es crucial para la derecha poder entenderlo por encima del positivismo liberal al cual nos hemos acostumbrado en estas últimas décadas, que, a la luz de la evidencia, no nos ha traído resultados beneficiosos.
Ollanta Humala, Pedro Castillo y ahora con el temor de la llegada del comunista Roberto Sánchez a palacio. Definitivamente, el diagnóstico de la derecha fracasó y, por ende, la estrategia.
En mis dos planteamientos escritos hablé de la cosmovisión andina como un fenómeno estructural que sí condiciona el voto a nivel macro en la realidad del sur andino. Estas regiones, lejos de responder al estereotipo simplista del “votante de izquierda” clásico, funcionan más bien como una amalgama compleja entre una cosmovisión andina basada en la pertenencia, la comunidad y la relación existencial con el entorno, y una dialéctica marxista que divide la realidad entre víctimas y victimarios.
Lo interesante es que esta combinación no surgió de manera totalmente orgánica, sino como una especie de simbiosis política parcialmente inducida. La izquierda logró articular ambos elementos a través de narrativas emocionales, trabajo de base y presencia territorial sostenida durante décadas. Y pudo hacerlo, sobre todo, porque nunca tuvo enfrente un adversario suficientemente interesado o hábil para desmontar esas ideas sin despreciar al sur.
Una crítica que aprecie bastante y sobre todo celebro fue la del economista ex presidente de CONFIEP y también columnista de este medio, Manuel Sotomayor.
El economista menciona algo muy cierto, que es que la integración económica no solo mejorará las condiciones de los pobladores andinos, sino que también poco a poco las prioridades podrán ir cambiando. Si la infraestructura, salud, educación y transporte mejoran a la par de que la pobreza monetaria y multidimensional baja, evidentemente existirán —sobre todo en las generaciones posteriores a esa gran bonanza— nuevas inclinaciones y apreciaciones de las necesidades.
No obstante, sí recalco —en contraposición con Sotomayor— que la propuesta de un entendimiento fenomenológico y cultural del territorio no va en desmedro de las teorías económicas del desarrollo, las cuales, a la luz de la evidencia empírica, han demostrado ser ampliamente funcionales. Pero reconocer la existencia de patrones culturales y simbólicos no implica negar la importancia del mercado como motor de transformación regional.
Sin embargo, sostener que “el sur no existe” porque no todos votan igual o piensan igual resulta una conclusión relativamente débil. Ninguna categoría política o sociológica funciona bajo criterios de uniformidad absoluta. El sur existe no como una esencia étnica homogénea o una identidad inequívoca, sino como una región atravesada por patrones históricos, culturales y electorales comunes.
Bajo la lógica de Sotomayor, comprendo que tampoco existirían categorías como la clase media, la derecha limeña o el voto conservador, porque dentro de cada una de ellas también hay contradicciones, matices y enormes diferencias internas. Pero las categorías políticas no desaparecen por la existencia de diversidad interna; siguen siendo útiles precisamente porque permiten identificar tendencias y comportamientos recurrentes dentro de una realidad compleja y cambiante.
A su vez, sostengo que algo similar ocurre cuando sostiene que la cosmovisión andina no influye en el voto. Evidentemente, reducir al votante andino a puro folklore sería atrevido de mi parte. Pero de ahí a afirmar que la cultura no influye en el voto o al menos no lo suficiente como para asimilarlo como un factor que brinda homogeneidad e identidad, considero igual de desacertado.
En ese sentido, es bueno rescatar lo identificado por el psicólogo Drew Westen y su libro The Political Brain, donde justamente hace una crítica a la idea de cierto sector liberal de que las personas votan racionalmente. Su argumento —basado en neurociencia y estudios de comportamiento— es que el voto está profundamente atravesado por emociones, identidad y sesgos afectivos. Es decir, primero sentimos y luego racionalizamos políticamente lo que sentimos.
Estudios con resonancia magnética funcional mostraron que cuando las personas enfrentan información política contradictoria sobre su candidato favorito, el cerebro no activa principalmente zonas de razonamiento lógico, sino áreas vinculadas a emoción y recompensa. Por eso Westen argumenta que el votante no “analiza” la política como economista neutral; la vive emocionalmente.
Además, Westen explica que las campañas exitosas no triunfan por mejores cuadros técnicos, sino por construir narrativas emocionales potentes. Eso conecta directamente con fenómenos políticos peruanos como el discurso antisistema, la idea del “olvido del interior” o el orgullo regional.
La política no funciona únicamente a partir de decisiones individuales aisladas de la historia, la lengua o la identidad. Incluso cuando una persona vota motivada por razones económicas inmediatas, esas decisiones ya están mediadas por una experiencia determinada. El individuo no interpreta la realidad desde un vacío abstracto.
Algo similar señalaba la Escuela Austriaca de economía en su crítica al positivismo aplicado a las ciencias sociales. A diferencia de las ciencias naturales, el comportamiento humano cambia cuando el sujeto sabe que está siendo observado. Es decir, el conocimiento de ser observado altera la conducta misma.
La conducta política está atravesada por factores emocionales, culturales e históricos que no pueden comprenderse plenamente desde un enfoque puramente técnico o cuantitativo.
A esto último podríamos sumarle la idea de Blaise Pascal entre el “espíritu geométrico” y el “espíritu de fineza”, que en términos más positivistas podríamos entender como la distinción del cerebro y la emoción.
El “espíritu geométrico” es la capacidad de pensar mediante lógica formal y razonamientos ordenados, casi matemáticos. En política, este enfoque asumiría que las personas votan calculando intereses y tomando decisiones racionales según beneficios objetivos.
En cambio, el “espíritu de fineza” se mueve en otro plano. No opera principalmente mediante deducciones lógicas, sino mediante sensibilidad y percepción emocional. Este espíritu permite captar símbolos, identidades, emociones colectivas y dinámicas culturales que no pueden reducirse a la uniformidad de lo concreto.
Por eso, muchas teorías liberales o tecnocráticas fallan, en mi humilde opinión, al analizar la política. Intentan entender a las personas exclusivamente desde el espíritu geométrico, pero ignoran que la política es principalmente lo opuesto, al menos bajo mi entendimiento.
El punto central es que ni el sur es una esencia mística uniforme, ni la cultura es irrelevante, ni las condiciones materiales desaparecen. Las tres dimensiones interactúan al mismo tiempo y negar cualquiera de ellas termina por disipar el análisis político.
Concuerdo con lo acentuado por el economista Manuel Sotomayor en su columna; no obstante, considero que no son análisis excluyentes; por el contrario, se complementan.
Pues como diría Blaise Pascal: “El corazón tiene razones que la razón no entiende.”
