Escrito por 14:14 Opinión

La democracia cansada del Perú, por Álvaro Chávez

El Perú ha entrado en una etapa peligrosa: la política ya no organiza a la sociedad. La pulveriza.

Cada primera vuelta parece diseñada por un algoritmo enfermo. Treinta y seis candidatos disputándose un país exhausto, partidos convertidos en aplicaciones temporales y electores votando más por miedo que por esperanza. Ya no existen grandes consensos nacionales. Existen tribus emocionales compitiendo por segundos de atención y ráfagas de indignación.

Tocqueville habría reconocido el fenómeno inmediatamente: individuos aislados, desconectados de instituciones sólidas y atrapados en un permanente estado de ansiedad colectiva. Hannah Arendt habría agregado algo todavía más inquietante: cuando una sociedad pierde una realidad compartida, termina buscando refugio en narrativas extremas o liderazgos capaces de imponer orden. Porque el caos prolongado genera cansancio. Y el cansancio político termina convirtiéndose en hambre de autoridad.

Eso explica parte del clima electoral peruano. El ciudadano promedio ya no está buscando discursos sofisticados ni revoluciones ideológicas. Está buscando algo mucho más básico y más poderoso: estabilidad. Que el país funcione. Que las calles no pertenezcan al crimen. Que las reglas duren más de seis meses. Que el presidente termine su mandato. Que la economía vuelva a parecer un sistema y no una ruleta emocional manejada desde TikTok y el Congreso.

El problema es que buena parte de la clase política peruana sigue actuando como si viviéramos en épocas de abundancia institucional. Hablan de refundaciones, experimentos sociales, asambleas constituyentes y guerras culturales mientras el ciudadano solo quiere recuperar normalidad. Es la vieja enfermedad latinoamericana: élites fascinadas con destruir el edificio aun cuando la gente sigue viviendo adentro.

Ortega y Gasset advirtió que las democracias entran en crisis cuando desaparecen las minorías responsables y todo queda subordinado al impulso emocional de la masa. Y eso es exactamente lo que ocurre hoy en el Perú: candidatos improvisados, partidos sin doctrina, liderazgos construidos en redes sociales y una conversación pública dominada por resentimientos cruzados. Mucha rabia. Muy poca nación.

En ese contexto, el electorado empieza inevitablemente a moverse hacia aquello que percibe como conocido, estructurado y predecible. No necesariamente por amor. Muchas veces por supervivencia. Porque cuando las instituciones colapsan y la incertidumbre se convierte en rutina, la experiencia pesa más que la épica. La memoria pesa más que el experimento.

Y ahí aparece la paradoja peruana: después de años celebrando la fragmentación como pluralismo, el país empieza lentamente a redescubrir el valor político del orden.

No un orden autoritario ni mesiánico. Algo mucho más simple y mucho más escaso: continuidad, autoridad legítima, capacidad de decisión y estabilidad mínima para que una sociedad no termine convertida en un archipiélago de miedos enfrentados.

Las democracias no suelen morir de golpe. Primero se fatigan. Después se fragmentan. Finalmente, la sociedad deja de pedir libertad y empieza a pedir tranquilidad.

Y cuando un país llega a ese punto, las elecciones dejan de ser concursos de popularidad. Se convierten en referéndums sobre quién parece más capaz de evitar el abismo.

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Etiquetas: , , , , Last modified: 16 de mayo de 2026
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