La metonimia del “sur político” repite, en miniatura, el fraude conceptual del “pueblo”.
Cada cinco años, después de cada elección, una conversación se repite con la fidelidad de un mantra: “el sur es de izquierda”. Lo dicen los analistas con prisa de televisión, lo escriben los columnistas con apuro de cierre, lo asumen los estrategas de campaña como dato bruto. Y, como toda fórmula útil, no necesita verificarse: basta con repetirla.
Hay quienes, con buen oficio, han intentado complicar el cliché. Patricio Krateil, en una columna reciente, advierte —con razón— que el voto sureño no responde a un manual marxista sino a algo más antiguo: una manera de habitar el mundo donde la comunidad y la pertenencia pesan más que la cuenta corriente. Tiene razón en lo central: el votante de Apurímac no marca una papeleta porque haya leído El Capital. Pero su explicación, generosa, termina perjudicando al sur que pretende defender. Para evitar el reduccionismo ideológico, Kreil concede una cosmovisión homogénea —ayllu, yana, pacha— que cabeentera en una columna. El reduccionismo cambia de bandera, pero sigue siendo reduccionismo.
Porque el sur no existe. No, al menos, como bloque coherente que pueda explicarse con una palabra. Existen veintidós provincias que el mapa agrupa por casualidad geográfica. Existe Arequipa —ciudad exportadora con clase media empresarial— que en abril no votó como Puno, ni Puno como Cusco, ni el Cusco urbano como las comunidades altoandinas que lo rodean. Conviven quechua y aymara, regiones costeras y regiones andinas, distritos prósperos y distritos abandonados. La idea de que estos territorios comparten un alma política única es la misma idea, en miniatura, que ya denunciamos al hablar del “pueblo”: una metonimia perezosa que confunde la suma con la unidad.
“No es una cosmovisión: es un termómetro. Y el termómetro no marca ideología, marca ausencia institucional.”
Lo que sí existe, y es lo que el dato electoral mide cuando se lo lee con cuidado, es una correlación distinta y menos poética. Donde el Estado llegó con título de propiedad, juzgado funcional, carretera asfaltada y mercado integrado, el voto se parece al del resto del país. Donde no llegó —o llegó con presencia simbólica y abandono real—, gana sistemáticamente quien promete empezar de cero.
Hace cuarenta años, Hernando de Soto explicó esto con paciencia que no obtuvo respuesta política: cuando el Estado no protege la propiedad, el contrato y la persona, los ciudadanos viven en otro país, paralelo y sin papeles. Ese país paralelo no vota por convicción doctrinaria. Vota por ruptura, porque la continuidad no le ha dado nada que valga la pena conservar. Si el diagnóstico es correcto, la estrategia se cae sola. No se trata de adoctrinar al sur con liberalismo ni de combatirlo con épica anticomunista —ambas cosas confirman al votante en su sospecha de que es objeto y no sujeto—. Se trata de hacer lo aburrido y lo costoso: titular las tierras pendientes, instalar juzgados que cierren expedientes en años y no en décadas, conectar mercados con infraestructura que no se desploma en cada lluvia, construir escuelas que abran puertas en vez de cerrar futuros. Cada kilómetro de carretera es una conversación electoral menos. Cada título de propiedad es una promesa populista desinflada.
Las elecciones ya no se ganan en el sur explicándole al sur quién es. Se ganan dándole al sur lo que cualquier otro peruano espera del Estado y casi nunca recibe: protección y previsibilidad. Llamarlo “el sur” como si esa palabra explicara algo seguirá siendo cómodo para los dos extremos del espectro: a la izquierda le permite hablar en su nombre; a la derecha le permite no hablarle.
“Donde llega el Estado, desaparece ‘el sur’.”
