Escrito por 19:02 Opinión

Día internacional de la familia, por Juan Carlos Llosa Pazos

A partir del año 1994, el 15 de mayo es reconocido por la ONU como el Día Internacional de la Familia  y desde entonces se ha ido ampliando en diferentes temas que afectan a esa unida fundamental de cualquier sociedad, al menos en occidente, que no puede ser otra cosa más que su bien más preciado, que permite el orden social y la continuidad de la especie en la armonía del hogar, más allá del instinto reproductor reptiliano.

Tras milenios de familia extendida y patriarcal, surgió la familia nuclear como uno de los efectos de la Revolución Industrial. La familia nuclear es ahora llamada maniqueamente “tradicional” por algunas “narrativas” ideológicas, lo que no es más que parte de una artimaña que pretende dar reconocimiento legal y hasta constitucional a otros “tipos de familia” que en stricto sensu no lo son. La familia nuclear ha ido evolucionando en sus dinámicas internas, principalmente en cuanto a que el padre y la madre compartan hoy los mismos roles, sólo con las diferencias fisiológicas que sus propios sexos condicionan. Pero esa dinámica no hace que pierda su esencia, y no implica tampoco que la familia extendida, al menos en culturas como las nuestras, se haya extinguido, pues la presencia de abuelos, tíos, primos, sobrinos y nuestros amigos más queridos siguen siendo esenciales en nuestras vidas, y esto se hace más sensible ante la ausencia permanente de uno de los dos cónyuges en la familia nuclear. La familia extendida se amplía aún -en quienes tienen real conciencia de ello- al recuerdo y gratitud a los bisabuelos y ancestros, al habernos heredado apellido y legado espiritual que nos enorgullecen. Cuando uno se refiere a “mi familia”, invoca a la nuclear, a la extendida o a la ancestral.

El término familia lo solemos utilizar también para definir instituciones de integración social, laboral o cultural, puesto que en ellas vertimos cariño, empatía, solidaridad, preocupación, compromiso, pasión, que nos genera acendrado sentido de pertenencia, más allá de los aspiraciones y retos individuales, y obligaciones funcionales. De ahí que consideremos a alguna(s) a la(s) que pertenecemos “como nuestra familia”, a pesar de que no tengan la misma naturaleza y función social que la familia nuclear. Lo dicho nos sucede en la Marina, por ejemplo. De ahí que en el 2022 conmemoramos el matrimonio de don Miguel Grau con doña Dolores Cabero, ocurrido el 12 de abril de 1867, tomándolo como el “Día de la Familia Naval”, y luego gestionamos la colocación de una efigie de la esposa del hijo más querido de la Patria como prototipo de Madre Naval.

Es importante señalar que en la época en que vivimos la familia está amenazada por el relativismo, por la banalización de los sentimientos y la fragilidad de las relaciones. Por ello es apropiado tener presente que la Constitución Política del Perú en sus artículos 4 y 5 señala que: “La comunidad y el Estado protegen especialmente al niño, al adolescente, a la madre y al anciano en situación de abandono. También protegen a la familia y promueven el matrimonio. Reconocen a estos últimos como institutos naturales y fundamentales de la sociedad”, así como que “La unión estable de un varón y una mujer, libres de impedimento matrimonial, que forman un hogar de hecho, da lugar a una comunidad de bienes sujeta al régimen de la sociedad de gananciales en cuanto sea aplicable”. Los derechistas conservadores -si verdaderamente nos mostramos como tales en el dicho y en el hecho- defendemos a ultranza estos preceptos, que en los tiempos de los herederos del Mayo francés del 68, jamás lo harán con la misma convicción y fiermeza los derechistas liberales, ni menos las variopintas izquierdas, desde las liberales y socialcristianas hasta las más rojas y ortodoxas.

El Estado tiene mucho que hacer en promover la familia y sus valores, que hoy se están perdiendo, y la obra social pública debe incrementarse y hacerse más eficiente, trabajando con aquellas familias que por diversas razones han devenido en disfuncionales, además de no escatimar esfuerzos para entregarles a niños huérfanos o en estado de abandono a familias que estén dispuestas a darles el hogar que la vida les ha negado. Y para ello, si hay que invertir recursos públicos, se debe hacer en lo que sea necesario, porque en ese sentido hay algo de keynesianismo en el conservadurismo, ya que “a la larga todos estaremos muertos” (sic) y nada nos llevaremos a la otra vida, más que la luz que nos guíe hacia el Creador.

Hoy ser padres y formar una familia implica más retos y complejidades que décadas atrás, cuando a los nuestros les tocó formar las suyas. Ninguna regulación espiritual dogmática y casi fanática es ya apropiada para esa realidad. Los municipios, gobiernos regionales y el gobierno nacional deberían trabajar de la mano con las familias para acabar con la violencia doméstica, lograr la armonía del hogar y maximizar la educación cívica y religiosa, en una sociedad enferma de corrupción, indolencia, sinvergüencería y desconfianza. No he escuchado a ningún candidato hablar de eso con claridad; pero si discursos intrascendentes, inicuos y distractores y hasta ridículos, como hablar de nuevas religiones clamados por alucinados vociferantes con medio dedo de frente.

La presencia motriz ancestral del humanismo cristiano y del nacionalismo católico, que incentiva con inteligencia y prudencia, estoy seguro seguirá contribuyendo significativamente en lograr lo arriba señalado.

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Etiquetas: , , , , , , Last modified: 20 de mayo de 2026
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