Escrito por 20:30 Opinión

¿Tiene ideología la izquierda peruana?, por Manuel Sotomayor

Invocar a Marx no es tener un sistema; es tener un tótem.

Tras la transmisión de mando del 28 de julio circuló una fotografía que reprodujeron todos los medios: Belmont, Sánchez, Nieto, Montesinos y López Chau, agarrados de la mano. Un populista, un caviar, un exrector y un socialdemócrata de última hora. La imagen invita a una pregunta incómoda: ¿qué doctrina firma esa foto?

Ensayemos una respuesta poco favorecedora: ninguna.

La respuesta habitual apela a Mariátegui o a Marx como genealogía compartida. Pero una genealogía no es una doctrina: es una historia de pertenencia. Marx construyó un sistema con predicciones falsables, es decir, que podían chocar con los hechos y quedar refutadas: pauperización creciente y revolución en los países industrializados. La realidad las refutó sin matices. Lo distintivo del marxismo, según Popper, no fue haber fallado, sino que sus herederos inmunizaron la doctrina: cualquier resultado podía explicarse sin tocar el núcleo. Esa inmunización separa una ideología de una fe.

La izquierda peruana heredó la inmunización sin haber tenido nunca el sistema. Basta revisar qué dice cuando cree ser precisa.

Tomemos la palabra más cargada del repertorio: proletariado. En Marx tiene una definición estricta: el trabajador que no posee medios de producción, vende su fuerza de trabajo por un salario y está concentrado en la gran fábrica, donde el proceso productivo lo organiza. No es un adjetivo moral sino una posición estructural, y por eso se puede verificar quién la ocupa.

Apliquemos el criterio al Perú. Según el INEI, el 69.8% del empleo es informal, más de siete de cada diez ocupados trabajan en unidades de uno a diez personas y cerca del 45% son independientes o familiares no remunerados: el mototaxista dueño de su moto, la señora del puesto en el mercado, el gasfitero con su caja de herramientas. En la taxonomía del propio Marx, esa gente no es proletariado: es pequeña burguesía, la clase que el Manifiesto declaró reaccionaria por querer hacer girar hacia atrás la rueda de la historia. Quien invoca hoy al proletariado nombra a una minoría de asalariados formales que no lo vota, o nombra sin saberlo a la clase que su propia fuente despreciaba. La palabra no describe. Decora.

Con imperialismo ocurre algo peor. Lenin lo definió como exportación de capital hacia la periferia con control de recursos e infraestructura estratégica, también verificable. Hoy el 100% de la distribución eléctrica de Lima Metropolitana está en manos de dos empresas del Estado chino, Luz del Sur y Pluz Energía. Diez millones de personas. Ninguna marcha, ningún pronunciamiento, ninguna comisión investigadora.

No pido que las haya: la inversión extranjera es bienvenida y ahí el problema es de regulación, no de nacionalidad. El punto es otro. Un vocabulario que aplica su categoría más severa según la afinidad política del propietario, y no según la definición que dice usar, dejó de ser un instrumento de análisis. Es un sistema de señales de pertenencia.

Lo que queda es un ensamblaje de capas incompatibles. Marx, de 1848, modernizador, que despreciaba lo que llamó el idiotismo de la vida rural. Mariátegui, de 1928, que vio en la comunidad indígena precapitalista la semilla del socialismo. La teoría de la dependencia, de los sesenta, que culpaba del subdesarrollo a la inserción en el comercio mundial, justo cuando media Asia salía de la pobreza por esa vía. Y encima el vocabulario decolonial: la corriente académica, nacida en universidades norteamericanas en los noventa, que sostiene que nociones como razón, progreso o desarrollo son herramientas heredadas del dominio colonial, y que reivindica frente a ellas los saberes y las formas de vida de los pueblos originarios.

Reverencia, así, justamente lo que Marx daba por condenado. Las capas no se corrigen entre sí: se apilan. Marx y el decolonialismo no pueden ser ciertos a la vez. Que la contradicción no haya producido un solo debate interno no habla de amplitud, sino de que nadie usa esas ideas para pensar. Se las usa para reconocerse.

El costo está registrado. El gobierno que más se reclamó puro, el de Castillo, no fue prueba de ideología sino de captura: retórica marxista como fachada de un patronazgo clásico, con 78 ministros en 16 meses y la mayor fuga de capitales en cincuenta años, 7.4% del PBI en 2021. Y no es solo esa gestión: desde 2011 ningún gobierno operó con programa coherente de signo alguno, y el PBI potencial que estima el Banco Central cayó de 6% anual en 2002-2008 a 2.3% en 2016-2022.

El contraejemplo incómodo es Alan García, que corrigió el rumbo con la evidencia de su propio fracaso previo: entre 2006 y 2011 el PBI creció 7.2% anual y la pobreza bajó de 49% a 27.8%. No es ejemplo de derecha, nunca dejó de ser aprista, sino de aprendizaje. Una ideología que aprende de la evidencia se llama ideología. Una que no aprende se llama identidad.

La simetría es incómoda pero necesaria: buena parte de la derecha peruana tampoco tiene ideología, tiene intereses. El gremio que pide protección arancelaria mientras invoca el libre mercado defiende una renta con vocabulario prestado, no una doctrina falsable. Pero el interés necesita que la economía crezca para seguir cobrando y funciona, por las razones equivocadas, como un freno. Una identidad sin esa ancla solo tiene el apetito de durar.

El gobierno inaugurado el 28 de julio hereda la misma vara: reclamarse de derecha no alcanza. La prueba es si el programa se corrige cuando la evidencia lo desmiente, y vale igual para los gremios que hoy le reclaman coherencia a la política.

Puede que la próxima batalla no se libre entre izquierda y derecha, sino entre quienes tienen una doctrina dispuesta a equivocarse y quienes solo tienen una identidad dispuesta a durar.

Una tesis se refuta. Un tótem, solo se hereda.

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Manuel Sotomayor

Manuel Sotomayor

Expresidente de la CONFIEP

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Last modified: 8 de agosto de 2026
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