Escrito por 10:20 Opinión

¡Micky, más respeto al velorio!, por Tony Tafur

La política peruana produce con notable regularidad un personaje deplorable: el pirómano que, apenas consumado el incendio, aparece entre las cenizas cargando un balde de agua y una expresión de inocencia. Ese alicaído establishment de la superioridad moral ha decidido rasgarse las vestiduras esta semana porque Miguel Torres, candidato a la vicepresidencia por Fuerza Popular, dijo, con la delicadeza de un martillazo sobre vidrio, una verdad que el país entero conoce desde hace años. Que sacar a Pedro Castillo del poder no fue una casualidad cósmica, sino una operación de resistencia republicana frente a un régimen que parecía administrado por una asamblea de becarios del chavismo con resaca ideológica.

Y claro, el escándalo ha sido monumental. Porque en el Perú contemporáneo ya no importa lo que ocurre, sino quién se atreve a describirlo sin anestesia. Hay verdades que el aparato opinológico tolera únicamente cuando vienen envueltas en tecnicismos prudentes. Torres, que posee el refinamiento verbal de una combi sin frenos, dinamitó accidentalmente ese código no escrito y terminó verbalizando de la forma más rústica posible algo que buena parte del país ya sabía: que entre periodistas, Congreso, Fiscalía y opinión pública se articuló una resistencia política e institucional para impedir que el Perú terminara convertido en otra franquicia sudamericana del naufragio bolivariano.

Y claro, el escándalo ha sido monumental. Porque en el Perú contemporáneo ya no importa lo que ocurre, sino quién se atreve a describirlo. Hay verdades que pueden insinuarse a media voz, pero jamás pronunciarse de forma brutal ante cámaras. Miguel Torres —que posee el refinamiento verbal de una combi sin frenos— rompió ese pacto tácito de hipocresía y terminó diciendo lo que las élites políticas suelen envolver en eufemismos digestivos: que entre periodistas, Congreso, Fiscalía y opinión pública se construyó una resistencia para impedir que el Perú terminara convertido en otra sucursal tropical del basurero bolivariano.

¿Y cuál ha sido la reacción? La de siempre. Los mismos personajes que pasaron dos años justificando cada barbaridad del castillismo ahora actúan como si hubieran descubierto Watergate. Por lo tanto, lo ideal es refrescar la memoria nacional, curar a punta de datos esa amnesia selectiva que suele aparecer cada vez que aparece un campesino convenientemente victimizable.

Porque Castillo no aterrizó en Palacio acompañado por estadistas escandinavos ni por monjes tibetanos amantes de la transparencia republicana. Llegó con Guido Bellido como primer ministro: un hombre investigado por presunta apología al terrorismo que hablaba de Sendero Luminoso con el entusiasmo afectivo de quien recuerda a unos primos incómodos. Llegó con Héctor Béjar, aquel canciller geriátrico que alcanzó la hazaña diplomática de dinamitarse políticamente en menos de tres semanas después de declarar que “el terrorismo en el Perú lo inició la Marina”. Llegó con Iber Maraví, perseguido por fantasmas judiciales vinculados a atentados terroristas. Y orbitando alrededor de toda esa romería de iluminados estaba Vladimir Cerrón: actual prófugo, condenado por corrupción y convertido durante meses en el Rasputín provinciano del régimen.

Mientras tanto, el país contemplaba el espectáculo grotesco de Sarratea: reuniones clandestinas, operadores sin cargo, traficantes de influencia entrando y saliendo como si Palacio hubiese sido tercerizado a una peña conspirativa de Breña. Pero ahora resulta que el verdadero escándalo no era eso. No. El escándalo es que Miguel Torres haya dicho que hubo una “suma de esfuerzos” para sacar a Castillo.

La izquierda peruana posee una habilidad extraordinaria para indignarse exactamente por las cosas equivocadas.

Cuando Castillo colocaba dinamita ideológica en el aparato estatal, pedían “prudencia democrática”. Cuando Cerrón hablaba de “tomar el poder”, exigían “contextualizar”. Cuando se revelaban reuniones clandestinas, gritaban “racismo”. Cuando el gobierno se desmoronaba entre corrupción, improvisación y fanatismo rudimentario, acusaban al periodismo de “desestabilizador”. Pero bastó que un fujimorista mencionara torpemente lo evidente para que todos descubrieran súbitamente el amor apasionado por la institucionalidad.

La comedia sería magnífica si no fuera tan obscena. Porque aquí conviene precisar algo que los fabricantes industriales de victimismo jamás admitirán. Fiscalizar no es conspirar. Investigar no es sedición. Denunciar no es golpismo. El periodismo hizo lo que debía hacer. La Fiscalía hizo lo que debía hacer. Y el Congreso —ese circo ambulante lleno de oportunistas, mediocres y egos inflamados— hizo también, por una vez en su vida, algo parecido a cumplir su función constitucional.

Sí, hubo una articulación para contener al castillismo. Naturalmente que la hubo. Y menos mal que la hubo.

Las democracias no están obligadas a contemplar sonrientes cómo un grupo de aficionados mesiánicos convierte el Estado en laboratorio de experimentos ideológicos baratos. También poseen instinto de supervivencia. También generan anticuerpos. Exactamente eso ocurrió entre 2021 y 2022.

El verdadero problema de Miguel Torres no es haber mentido. Es haber hablado con la elegancia estratégica de un albañil borracho. Tiene el extraño talento de hacer que incluso una verdad razonable suene como confesión judicial. Pero la torpeza expresiva no transforma los hechos en fantasía.

Porque Pedro Castillo no cayó por una conspiración oligárquica salida de una novela latinoamericana escrita por un estudiante de sociología. Cayó porque gobernó como si el Perú fuese una reunión eterna de comité sindical mal ventilado. Cayó porque confundió improvisación con autenticidad. Cayó porque su gobierno estaba rodeado de radicales, operadores, incompetentes y oportunistas. Y cayó, finalmente, porque intentó perpetrar un autogolpe tan ridículo que terminó pareciendo una parodia escrita por Cantinflas después de leer a Marx con fiebre.

Pero los plañideros del castillismo necesitan mártires, no hechos.

Y acaso por eso les duele tanto lo que dijo Miguel Torres: porque detrás de su mala prosa asomó, desnuda y sin maquillaje, la verdad más insoportable de todas para la izquierda peruana contemporánea: que esta vez la república decidió defenderse antes de que el incendio llegara al techo.

Etiquetas: , , , , , Last modified: 26 de mayo de 2026
Close