La derecha peruana es una ilusión. Es verdad que pueden haber ciertos líderes que defienden las instituciones tradicionales, la economía de mercado o despliegan un férreo anti izquierdismo. En la misma línea, es verdad también que tienen un discurso que cada día más se alínea con los nuevos referentes internacionales del sector diestro. Hay una cierta tendencia a la inspiración en lo extranjero. Sin embargo, eso es todo, la ilusión de parecer, de emular los gestos sin entender el guión, una mímica peruana.
¿Por qué decimos ello? Porque la Nueva Derecha, la de Meloni, Trump y compañía, no empezó como un movimiento internacional. Las reuniones que celebran, los nuevos partidos en el parlamento europeo, entre otras postales, enajenan y llevan pensar que se trata de un movimiento transnacional. Todo lo contrario. La Nueva Derecha, en esencia, es un movimiento nacionalista y popular, que marca un abismo generacional con la derecha liberal y globalizante de finales del siglo pasado.
Múltiples procesos han llevado a esta reconversión. Se puede hablar de la crisis de migrantes, del desaceleramiento económico occidental, de una creciente aversión a las políticas identitarias. En general, este proceso nace de los sectores que perdieron en la acelerada globalización que se ha llevado a cabo en los últimos cuarenta años. Por ello, la Nueva Derecha busca soluciones dentro de la frontera, y no en el globo, en sus propias y nativas expresiones sociales, y no en el cosmopolitismo.
En el Perú, ningún representante de la derecha siquiera se ha puesto a pensar en ello, en buscar soluciones dentro de nuestras fronteras, dentro de la expresión social y cultural. Se alimentan de las tres o cuatro ideas fuerza que publicitan los nuevos líderes del nacionalismo popular a nivel internacional, pero no han notado que cada líder, más allá de esas consignas compartidas, lo que buscan es conectar con la representación del ciudadano de a pie. Nuestra derecha en cambio, cada día ve al ciudadano más lejos y la ausencia de su representación en las provincias lo evidencia.
A diferencia de los referentes de la derecha en el mundo, nuestra derecha no conecta con el pueblo. No se acerca al peruano para entender sus intereses, sus necesidades, ni mucho menos su sufrimiento. Copian los lemas y los modelos de afuera, sin ser capaces de interpretarlos en nuestra realidad, demostrando así su completa desconexión. Su norte es satisfacer sus propios ideales, cuando debería ser la consecución del interés nacional
De esta manera, en el Perú no tenemos aún nada comparable al proceso de la reconversión de la derecha internacional. Ninguno de nuestros representantes tiene una propuesta para los problemas de los peruanos. Se preocupan por su agenda ideológica, pasando por encima de la necesidad del pueblo. Si bien es cierto que nuestra derecha durante el siglo XX y XXI ha estado dirigida a lo mercantil y comercial, y también que nuestro nacionalismo ha sido pobre de ideas y mayoritariamente orientado a la izquierda, el pueblo peruano merece una representación nacional-popular de derechas real. Ya vemos cómo desde la izquierda contrabandean a líderes que debería estar dentro del relato de la derecha, como nuestro héroe patriótico y conservador Andrés Avelino Cáceres en el discurso de los Humala. O cómo la izquierda polariza utilizando el pasado imperial incaico para sus divisorias ideas indigenistas.
Dentro del reducido espacio de una columna no podemos desarrollar toda una estrategia o doctrina para una derecha nacional-popular, pero sí queremos concluir con dos ideas fuerza. La primera es que al buscar la inspiración internacional, la derecha no debe centrarse en la comunicación global de sus aliados, sino fijarse en cuáles son las estrategias internas que despliegan. Es decir, inspirarse menos en discursos como los del CPAC y más en la organización subnacional de estos movimientos. La segunda es volver a la raíces. En nuestros dos siglos de historia, múltiples tragedias y bendiciones han forjado nuestro grandioso país. Asimismo, generaciones de intelectuales han diagnosticado cuál es nuestra esencia. Volvamos a ellos. Ya Víctor Andrés Belaunde en 1931 había establecido que la peruanidad no puede reducirse a una visión excluyente ni indigenista ni hispanista, sino que es el resultado de un proceso de fusión en el que se origina una síntesis cultural que nos define. El nacionalismo-popular peruano debe empezar por ahí, por entender quiénes somos y luego proponer hacia dónde vamos como país. Por supuesto no debe ser una derecha que copia, pero no pega.